Teología para cada uno de nosotros

Un día de verano, cuando tenía unos diez años, empecé a bajar las escaleras del desván de una casa de vacaciones en Nueva Jersey, preguntándome si Dios había predeterminado cada acontecimiento mundano. Si cada suceso está preordenado, reflexioné, entonces debo estar predestinado a bajar las escaleras en línea recta. De repente, me detuve en el tercer escalón. ¡Aquí tenía la oportunidad de frustrar el plan Divino simplemente volviendo —sin ninguna razón sensata— a lo alto de las escaleras! Con audacia, me di la vuelta y subí corriendo los escalones.

Sin embargo, al llegar arriba, pude sentir que Dios se reía de mí. Era evidente que Dios había querido que volviera arriba. Humillado, empecé a bajar las escaleras de nuevo.

Pero apenas había comenzado cuando pensé que sin duda la providencia Divina me había predestinado a continuar directamente hasta abajo esta vez. Deseoso de pillar a Dios por sorpresa, me di la vuelta una vez más y subí corriendo las escaleras. Por supuesto, apenas había llegado arriba cuando me di cuenta de que Dios también podría haber querido que hiciera esto. Concluí que no había manera de saber (al menos en ese momento de mi vida) si los acontecimientos mundanos estaban predeterminados o no.

Sin saberlo, estaba haciendo teología en su forma más básica. La teología no está restringida a una élite erudita. Todo aquel —incluido un niño de diez años— que busca traducir la conciencia espiritual personal en una forma pensada y estructurada es un teólogo.

Los Amigos somos recelosos de la teología. ¿Acaso no desempeñó un papel importante en las separaciones del siglo XIX, que fragmentaron a la Sociedad de los Amigos en muchas ramas? ¿No hemos temido que la cuestión de la cristocentricidad frente a la no cristocentricidad pudiera usarse como una cuña para dividir nuestras reuniones? Quizá sea mejor abstenerse de expresar nuestras opiniones demasiado alto.

Sin embargo, hay otra manera. La teología no tiene por qué usarse para distinguir a los «salvados» de los «incrédulos» o para definir un credo rígido. Más bien, la teología puede ayudarnos a compartir y comprender nuestras experiencias espirituales. Al intentar articular incidentes de nuestras vidas, podemos acercarnos a personas con las que sentimos tener poco en común. Además, podemos encontrar almas afines entre personas que, siglos atrás, se plantearon preguntas idénticas a las que tenemos ahora. Nuestro deseo de una comprensión coherente y holística de los elementos dispersos de nuestras vidas puede verse satisfecho.

¿Qué es la teología? Es una respuesta —una respuesta humana meditada ante la presencia de Dios entre nosotros. Es también una respuesta a las inquietudes y los esfuerzos de las personas que buscan vidas más ricas y mejor integradas.

La teología comienza con la revelación, con la autorrevelación activa de Aquel al que llamamos Dios, Elohim, Sustentador, Ruah, Espíritu. Una persona puede experimentar la revelación a través de la adoración, la oración, la búsqueda existencial, el estudio de la Biblia, la lectura reflexiva y la existencia cotidiana. El punto crucial es que el primer movimiento en la teología no es humano. Un aspirante a teólogo no puede exponer verdades teológicas, ni siquiera escribir sobre las opiniones de otro teólogo de una manera que revele la realidad Divina, a menos que el primer movimiento proceda de Dios.

Durante mucho tiempo no tuve ninguna experiencia auténtica de la Luz interior. Pensaba mucho en la condición humana, pero no lograba encontrarle sentido a Dios. Incluso ahora, si trato de forzar mi vida espiritual en palabras, o de imaginar cosas sobre Dios que no he experimentado, mis palabras resultan estériles. Necesito esperar expectante y avanzar solo hasta donde soy guiado.

La teología comienza, así, con la limitación humana. Esta limitación tiene otros aspectos además de la necesidad de la espera paciente. La verdad Divina nunca puede ser expresada por los seres humanos sino desde una perspectiva humana. Ninguna persona puede tener una comprensión de Dios o de la verdad Divina sobre el mundo fuera de la relación o el diálogo entre Dios y la humanidad. La tarea del teólogo es expresar lo que se revela dentro de este diálogo.

Otra limitación es la del lenguaje. Las palabras no pueden expresar adecuadamente la revelación Divina, y toda teología es una aproximación. No solo el lenguaje en general es incapaz de captar la verdad Divina, sino que cada teólogo escribe en una lengua específica formada dentro de una cultura particular, y esto inevitablemente da color a lo que se dice. Los teólogos de hoy escriben reconociendo que su obra no puede ser la última palabra, sino, en el mejor de los casos, una expresión verdadera de la revelación de Dios que puede hablar a y por otros de la misma cultura. Aunque las obras de teología escritas hace siglos todavía pueden iluminarnos hoy, se escribirá nueva teología a medida que diferentes culturas experimenten de nuevo la presencia de Dios y busquen describirla en sus propias formas lingüísticas en evolución.

Otra limitación más es que la teología nunca está completa. Ninguna obra, ni todas las obras de teología juntas, pueden abarcar jamás la revelación de Dios para toda la eternidad. El pensamiento humano aspira a la exhaustividad y se esfuerza por formar un sistema, pero está limitado por sus vislumbres, demasiado breves y parciales, de su objeto. La teología está siempre en proceso, nunca acabada.

Sin embargo, si la teología está tan seriamente limitada desde el principio, surge la pregunta de por qué se intenta siquiera. Está claro que hay otras maneras de responder a la revelación además de la prosa reflexiva, incluyendo el canto, la poesía, el arte, la danza, la acción directa, la calidez amorosa y la acción de gracias. Todas ellas expresan la alegría de la presencia de Dios. Cada una de ellas, también, es limitada y no puede captar a Dios para toda la eternidad. Sin embargo, algunas personas están mucho más dotadas para un tipo de respuesta que para otro. El punto crucial es que quienes han experimentado la presencia de Dios tienen un don especial que compartir. Como señala el Evangelio de Mateo:

Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad asentada sobre un monte no se puede ocultar. Ni se enciende una lámpara para ponerla debajo de un celemín, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.
—Mateo 5:14-16 (Traducido por Dodson mediante comparación del griego y la RSV)

¡Expresemos la alegría que conocemos en comunión con Dios! Si nuestra facilidad es con las palabras, la teología puede ser una forma de verbalizar nuestras experiencias y compartirlas con otros.

Los primeros Amigos tenían una perspectiva teológica particular sobre la fuente de la revelación, que surgió de sus experiencias espirituales. Mientras que la mayoría de los protestantes veían las Escrituras como el recurso esencial para la revelación Divina, los primeros Amigos, aun conociendo íntimamente la Biblia, reconocían la revelación directa y continua de Dios en el presente a través del Espíritu Santo. En su diario, George Fox relató su propia
convicción sobre la fuente de la verdad Divina:

… [el sacerdote] dijo a la gente que Las Escrituras eran la piedra de toque y el juez con el que debían poner a prueba todas las doctrinas, religiones y opiniones, y poner fin a toda controversia. Entonces el poder del Señor fue tan poderoso sobre mí, y tan fuerte en mí, que no pude contenerme, sino que me vi impelido a clamar y decir: ‘Oh, no, no son Las Escrituras’, y se me ordenó decirles que Dios no habita en templos hechos por manos humanas. Pero les dije lo que era, a saber, el Espíritu Santo, por el cual los hombres santos de Dios dieron Las Escrituras, mediante el cual las opiniones, religiones y juicios debían ser puestos a prueba, pues él conducía a toda La Verdad, y así daba el conocimiento de toda La Verdad.
—George Fox, 1649 (Nickalls, p. 40)

Robert Barclay, teólogo de los primeros Los Amigos, ofreció una visión normativa sobre el papel de la Biblia en la revelación:

[respecto a Las Escrituras]… porque son solo una declaración de la fuente, y no la fuente misma, por tanto no deben ser consideradas el fundamento principal de toda verdad y conocimiento, ni la regla primaria y adecuada de fe y costumbres. No obstante, como aquello que da un testimonio verdadero y fiel del primer fundamento, son y pueden ser consideradas una regla secundaria, subordinada al Espíritu, del cual reciben toda su excelencia y certeza…
—Robert Barclay, Apología, Tercera Proposición

La Biblia, al haber sido transmitida por seres humanos falibles y esencialmente limitados, no puede contener toda la verdad Divina ni directrices adecuadas para la fe y la moral. La fuente de la verdad Divina, que el buscador debe experimentar para alcanzar un conocimiento genuino, era y sigue siendo el Espíritu Santo, a través del cual Dios habla a los seres humanos mediante «voces y apariencias externas, sueños» y «manifestaciones objetivas internas en el corazón» (Barclay, Apología, Segunda Proposición). La Biblia es un recurso espiritual inestimable, y con demasiada frecuencia se la ignora. Sin embargo, no debe usarse como una muleta. Nosotros también podemos conocer una revelación como aquella de la que dan testimonio Las Escrituras.

La teología, por tanto, no puede ser mera interpretación bíblica. Puede partir de las Escrituras iluminadas por el Espíritu. Para algunos teólogos, el intento de formular la revelación de Dios tal como se percibe en las Escrituras iluminadas sigue siendo la única tarea de la teología. Para otros, incluidos los Amigos, la revelación Divina también se conoce a través de otras formas. La tarea del teólogo es la expresión cuidadosa y reflexiva de la revelación experimentada personalmente, sin importar cómo se revele esta verdad Divina.

Tradicionalmente, una tarea importante de la teología cristiana ha sido la interpretación del rico conjunto de símbolos, prácticas y teologías desarrollados siglo tras siglo en respuesta a la revelación Divina. Los Amigos han considerado que buena parte de esta abundancia es un lastre que dificulta la experiencia concreta de Dios. Sin embargo, entre esa abundancia pueden encontrarse joyas que nos hablan directamente, que resuenan con un significado que nosotros mismos hemos experimentado. Un símbolo, una práctica o una teología pueden ayudarnos a comprender nuestra propia vida, a la vez que nos enraízan firmemente en un pasado rico. La Cruz, la vid (Juan 15), la espera expectante, un canto gregoriano: todo ello puede ayudar a que nuestra vida espiritual sea más vibrante.

Ya se han señalado las maneras en que las limitaciones humanas restringen la teología. Pero hay un lado positivo en el factor humano. Un teólogo que recibe una revelación es una persona que ha nacido y morirá, que ha sufrido injusticias, que ha esperado y temido, una persona que anhela respuestas a preguntas profundas y esquivas. Estas experiencias y anhelos humanos pueden convertirse en oraciones que son respondidas. Aquí se hace evidente un papel significativo de la teología en la vida de una comunidad y una cultura. En la medida en que los teólogos son capaces de captar los anhelos más profundos de su época y articular una respuesta Divina con la mayor precisión posible, su teología puede aportar liberación y plenitud a quienes buscan. Los teólogos no pueden fabricar sus propias soluciones a los dilemas humanos y llamar a eso auténticamente teología. Sin embargo, su escucha atenta y comprometida, tanto de los esfuerzos de su comunidad como de Dios, puede dar lugar a vidas plenas de sentido y alegría para quienes escuchan sus palabras.

La teología misma puede contribuir a la opresión. El acto de poner por escrito una revelación es inevitablemente un acto sesgado, dados los presupuestos culturales y el lenguaje de quien escribe. Algunos sesgos se expresan en las Escrituras y luego se transmiten de generación en generación. Por ejemplo, la Biblia fue escrita, y ha sido interpretada durante siglos, por personas —la gran mayoría hombres— procedentes de culturas androcéntricas. Junto con la revelación de Dios, la teología tradicional ha expresado un sesgo androcéntrico y así ha contribuido a perpetuar la opresión de las mujeres en roles impuestos por los hombres e insatisfactorios.

La solución al problema del sesgo —en la medida en que una solución sea humanamente posible— reside en la atención cuidadosa, por parte del teólogo, al sufrimiento innecesario de la comunidad y la cultura, y a las maneras en que las formulaciones teológicas refuerzan ese sufrimiento. Un teólogo debe siempre expresar la revelación, pero las formas verbales en las que se enmarca la revelación no son la revelación misma. Estas formas deberían cambiar si se descubre que contradicen la revelación del amor Divino, que exige poner fin al dolor evitable y a los obstáculos que dificultan la plenitud humana.

Cada uno de nosotros puede ser un teólogo. Podemos enriquecer nuestras vidas espirituales y las de quienes nos rodean articulando nuestras experiencias espirituales. Al recurrir a escritos teológicos del pasado, podemos encontrar continuidad y disipar sentimientos de aislamiento. Podemos encontrar respuestas a nuestras preguntas más difíciles. Como los niños de diez años, podemos atrevernos a descubrir qué nos está diciendo Dios.

Una vez, sentado en la reunión de culto, estaba absolutamente seguro de tener un mensaje que necesitaba compartirse. Sin embargo, no sentía ninguna guía de que yo fuera quien debía dar el mensaje. Esperé y esperé, sintiendo que estallaría por la tensión, hasta que una mujer al otro lado de la sala se levantó y dio mi mensaje mucho mejor de lo que yo jamás habría podido darlo. ¿Qué estaba ocurriendo ahí? ¿Qué significaba esto en términos del movimiento del Espíritu en nuestras vidas? Estas son preguntas para la teología.

Shirley Dodson

Shirley J. Dodson es estudiante en la Earlham School of Religion y miembro del Comité de Ministerio y Consejo de la ESR. Graduada de la Wesleyan University, Middletown, CT, es miembro de la Junta de Central Philadelphia (PA).