El agua de lluvia se derrama del canalón—
la oigo salpicar al borde del jardín
mientras la tarde sombría deambula despacio
hacia la noche—el agua encuentra su nivel
gota tras gota junto a las hortensias que esperan,
mojadas con flores silvestres tan carentes de sentido
como palabras brotadas de golpe; las buganvillas
empiezan a dejar caer sus pétalos verdeblancos
sobre el muro de piedra. Mis ojos empapan sus
ramas mojadas por la lluvia, encharcadas y relucientes
con lenguas resbaladizas. Estas flores, estas
ramas saturadas, estos tallos marrones brillantes—
suaves y celosos del tacto.
Toco y sostengo este día avivado por el pecado,
que frustra mi aburrimiento por un instante,
mientras espero la noche oscura.
Sostenidas en un círculo, cosemos sin palabras.
El ritmo de las puntadas, el avance
silencioso, la penetración
a través de las tres capas—el alivio
en la repetición. Consideramos el conjunto
de la colcha, pasándonos nuestras piezas personales
unas a otras. El patchwork
del jardín entra en la colcha, sus colores
variados para captar nuestros estados de ánimo—algodón
en cuadrados colocados lado a lado da el esfuerzo
común. Como una estrella mostrada en el centro, la colcha
ha formado un todo—y el todo es
quizá colcha, quizá hermandad, quizá
memoria de un jardín mojado.


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