No hay silencio.
La voz de Dios está en todas partes:
En la conversación vital
entre el corazón y los pulmones.
En el murmullo
de la mente y el espíritu.
En el mismo aire que respiramos.
Lo que llamamos silencio
es simplemente la amplitud
que nos permite oír.
Deja caer una piedra en un pozo.
Óyela caer a cien pies de profundidad.
Escucha su eco.
Oye la voz de Dios.
Escucha a tu prójimo,
a tu amado/a,
a tu enemigo/a, a tu amigo/a.
Escucha a la persona refugiada,
a la persona presa,
a la persona mayor, al bebé.
Escucha…
No sus palabras,
sino el latido de su corazón,
su aliento.
Ten presente que en nuestro interior
todos hablamos el mismo idioma.
Acércate al pozo.
Oye la voz de Dios.


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