Dios era grande
en la Europa de antaño.
Sus iglesias,
grandes salones de generosidad,
albergaban espacio para su presencia.
Sus historias eran contadas
por artistas
pagados por los ricos,
los poderosos, los recién conversos
y por los necesitados sin salud.
Las historias comunes plasmadas en vidrieras:
el nacimiento de un niño,
la muerte sacrificial inútil evitada,
el violento éxito del
hombre sobre el león y del hombre sobre el gigante.
La mujer que mata a un rey,
la favorecida que da a luz al Elegido
y también la que lo ve morir,
y luego la mujer
que se encuentra con el jardinero.
El primero de muchos reconocimientos
en la llegada de la paloma,
en el ardor del corazón,
en la fracción del pan,
en el contacto con las llagas.
Dios era grande
y su historia era esperanza:
el alimento del hambriento,
la liberación del cautivo,
un nuevo Reino en el horizonte.
Palacios religiosos
ahora vacíos de mucha vida;
los frescos descoloridos revelan un pasado
mientras los músicos tocan en las salas
ante el eco del presente.
Y los casi fieles
están perdidos, buscando el Reino
en sus fotos de vacaciones,
no en las vidrieras ni en las paredes,
ni en los ojos de sus vecinos.


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