esos tres días mientras mi marido
lleva a los niños a visitar a su madre.
Y Dios está en otras ausencias: los platos
nunca del todo terminados, el alud de ropa sucia,
el ruidoso ventilador que mi amor mantiene encendido toda la noche
para poder descansar.
Cada pocas horas, envía fotos:
mi hijo radiante en el museo del tren,
la cerámica que mi hija encontró en el río.
Los tres, comiendo patatas fritas en un café.
Y Dios está en la forma en que casi —casi—
deseo estar allí,
y en la comida que preparo para un solo plato
en el zumbido del silencio.
Y Dios está en el paseo vespertino, tocando
sin rumbo el pasto de caña y el olivo,
el sol que lentamente desaloja el bosque—
hojas, luego troncos, luego el musgo más bajo,
y nadie, nada,
llamándome a casa.


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