¿Te cuesta ver lo de Dios en el POTUS —el presidente de Estados Unidos—? Si es así, no eres la única persona. No es apto para pusilánimes, pero te animo a intentarlo, porque si puedes encontrar la chispa divina en el POTUS, puedes encontrarla en cualquiera.
¿Te intriga? Si es así, quizá quieras unirte a mí escribiendo a Donald Trump una carta cada día. Si más gente lo hiciera, podríamos sacar a la luz su Luz y puede que empezara a tomar decisiones más de nuestro agrado. Aunque esto no ocurra, quizá descubras que el esfuerzo diario alivia la ansiedad que él es tan hábil en avivar.
Empecé mi práctica de escribir cartas porque mi aprensión ante una presidencia de Trump me dio vértigo en noviembre de 2016. Me sacudieron especialmente sus repetidas referencias a Kim Jong Un como “Rocket Man”. Temía que Estados Unidos acabara en un conflicto militar con Corea del Norte y me sentí guiada a iniciar una conversación con el presidente Trump para ayudarle a ver que la guerra no es la respuesta, como dice el adhesivo de parachoques.
La primera carta empezaba así:
Mi querido presidente Donald:
Te quiero. No estoy segura de que tú me quieras, pero sé que tienes la capacidad de hacerlo. Demostraste el día de tu investidura que tienes amor en el corazón. Se notaba cuando estabas firmando tus primeras órdenes en el Despacho Oval: tu familia está muy unida y tus nietos se sienten como en casa en tu presencia.
Como creo que todas las personas tenemos una chispa divina que da lugar a ese amor, la busco y me alegré de verla aquel día. Seguiré atenta para poder contárselo a otras personas, y así ellas también podrán llegar a quererte.
Seguí escribiendo a Trump durante toda su primera presidencia y, tras los hechos del 6 de enero de 2020, decidí que necesitaba continuar mi vigilia de contactar con la Casa Blanca por si acaso volvía a ser elegido. Aunque aprendí muchísimo escribiendo durante la presidencia de Joe Biden, de 2021 a 2025, aquí me centro en mi correspondencia con Trump.
Si decides ejercitar tus “músculos” de Amigo redactando una carta, tendrás 4.000 caracteres para expresarte. Al menos, así es si eliges enviar tu nota electrónicamente a través del sitio web de la Casa Blanca. Puede que recibas un correo de vuelta acusando recibo, pero no cuentes con ello. Enviar tu carta por correo postal también funciona. Puedes escribir todo lo que quieras, pero te costará 82 centavos.
Me ha resultado útil aclararme qué quiero decir con “amor”, y los escritos de bell hooks me han servido de guía. Ella compartió la definición de M. Scott Peck: “la voluntad de extenderse a uno mismo con el propósito de nutrir el crecimiento espiritual propio o el de otra persona”. Para hacerlo, hace falta abrazar la posibilidad de que el presidente Trump pueda cambiar. El relato del Nuevo Testamento sobre la conversión de Pablo en el camino a Damasco me ha parecido un ejemplo convincente de que la transformación personal puede ocurrir. La concepción de Dios como cambio de Octavia E. Butler también ha dado energía a mi escritura.
Puedes usar escribir al POTUS como una forma de seguir la actualidad de un modo que no despierte miedo ni angustia. Yo suelo empezar mis sesiones de escritura consultando la agenda presidencial para saber qué está haciendo el presidente, con quién se reúne y adónde va. Al centrarte en los movimientos cotidianos, en lugar de los titulares y las fotos preparadas que aparecen en las noticias, aprenderás que, además de hacer declaraciones disparatadas y compartir publicaciones inquietantes en redes sociales, el presidente Trump a menudo recibe a dignatarios extranjeros, concede honores y celebra con equipos ganadores. Firmar órdenes ejecutivas y viajar a distritos congresuales estratégicos también ocupa su tiempo, igual que jugar al golf.
A través de mi vigilia de escribir cartas, he llegado a la conclusión de que todas las personas tenemos lo que el psicólogo Carl Jung llamó una “sombra”. La del presidente Trump es enorme. Ser testigo de sus actividades diarias ha domado el monstruo que los medios habían plantado en mi imaginación con su cobertura sensacionalista de sus palabras y actos. Aunque sigo preocupada por sus decisiones, recelosa de la gente de la que se rodea y repelida por su retórica, ya no me encojo cuando oigo su voz. Tras haberme horrorizado por el comportamiento de quienes odiaban a Obama de 2009 a 2017, mi vigilia de escribir cartas me ha permitido humanizar a Trump. Lo veo como un hermano descarriado, más que como un villano odioso.
Si empiezas a escribirle cartas, quizá las compartas con tus amigos para abrir conversación. Tal vez se sumen al esfuerzo y abrumemos al presidente Trump con tanto amor que vea la Luz.


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