una comba girando,
subiendo y bajando, voluble
como el viento.
Sujetando el nudo del extremo, estiro
la cuerda con fuerza. Un mensaje viaja,
como en el juego del teléfono.
Esforzándome por oír una respuesta,
una apertura a mi oración,
me arden las palmas de las manos.
En una ventisca, los granjeros atan una cuerda
entre la casa y el granero, una guía
a la que agarrarse cuando la nieve ciega.
Incapaz de nadar, me hundo, intento
agarrarme a la cuerda que mis amigos
lanzan al río.
Una vez seguro en mis creencias, caen
en espirales sueltas a mis pies.
Piso con alegría.
Mi aliento me lleva
donde el bambú susurra su canción,
entrelazándose al estribillo del zorzal silvestre.


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