Una bandada de peregrinos descalzos
hambrientos por silenciar la charla mental
suben de puntillas, se acomodan
en un círculo de sillas.
A través de una ventana abierta—
el estallido de una sirena,
perros ladrando,
el llanto de un niño.
En minutos
el clamor se enrolla como humo
de una vela apagada
y se posan en silencio,
vuelven a casa, a sí mismos.


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