Debido al estado de nuestro país y del medio ambiente, me ha costado mantener una perspectiva que incluya gratitud y ganas de vivir. Sentir tanta tristeza, pena e ira me ha dificultado mantener la cabeza fría y sentir una conexión con lo Divino. Un día en la playa de Assateague con una buena amiga me ayudó a encontrar paz, equilibrio y, sí, gratitud. Sentada en la arena, le pedí al Universo que me diera consuelo y le pregunté “por qué” debía sentir felicidad y gratitud. Esta es la respuesta que recibí:
Porque los niños hacen volteretas en la arena
Porque los pelícanos vuelan en fila
Porque el sol brilla sobre las olas
Porque la risa alivia el dolor
Porque la amistad nos enriquece y nos hace más profundos
Porque los surfistas se ponen de pie
Porque las gaviotas lloran
Porque el amor nos consume y nos rejuvenece
Porque el espíritu sigue elevándose
Porque el sol y las sombras bailan
Porque la suave brisa besa nuestra cara
Porque cuando asumimos la responsabilidad con amor, deja de ser una carga
Porque respirar hacia dentro y hacia fuera es hermoso
Porque la paz es posible
Porque las olas nunca se detendrán
Porque la arena es suave
Porque la alegría brota


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