La columna de Estudio Bíblico se publica cuatro veces al año en los números de febrero, mayo, agosto y noviembre. Agradecemos sus envíos y comentarios en Friendsjournal.org/biblestudy.
Hechos 3:1 Un día, Pedro y Juan subían al templo a la hora de la oración, a las tres de la tarde.
Lucas 6:12 Uno de esos días, Jesús salió a una montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios (NVI).
Las reuniones cuáqueras del siglo XVII consistían en sentarse juntos en completo silencio y esperar que el Espíritu (Santo) se moviera entre ellos. Si alguien sentía una “guía divina”, se ponía de pie y compartía un mensaje, una oración o un testimonio. Tanto hombres como mujeres podían hacerlo, algo revolucionario para ese siglo. Esta descripción histórica muestra cómo Los Amigos buscan a Dios. Del mismo modo, las nuevas generaciones deben buscar a Dios con todo su corazón y dejarse mover por el Espíritu (Santo) de Dios.
Hace unos 40 años, el teléfono móvil se hizo accesible al público en general por primera vez; desde entonces, se ha vuelto indispensable en la vida diaria moderna. De la misma manera, la oración es como ese dispositivo; a través de ella, una persona puede comunicarse con Dios en cualquier momento o circunstancia. No es un medio de comunicación inventado por los humanos, sino creado por Dios para el beneficio espiritual de quienes lo usan. Orar es hablar o comunicarse con el Creador con total confianza.
“Clama a mí y te responderé, y te daré a conocer cosas grandes y ocultas que tú no sabes” (Jer. 33:3). “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia para alcanzar misericordia y hallar gracia para cuando necesitemos ayuda” (Heb. 4:16).
La oración es una parte importante de la vida devocional de un cristiano. Sin embargo, muchos de nosotros vivimos nuestros días en piloto automático, sin considerar nuestra relación con Jesús. Nuestros pensamientos están ocupados con responsabilidades, preocupaciones, metas personales y emociones. A través de la oración, cualquiera puede acercarse a Dios, y al hacer de la oración un hábito —independientemente del momento— nuestras vidas pueden transformarse.
Por la mañana (Salmo 5:3)
Este salmo se atribuye tradicionalmente al rey David. Se cree que fue escrito en un momento de gran angustia, posiblemente mientras huía de su hijo Absalón, cuya rebelión causó una crisis familiar y política. Es una oración de protección contra los enemigos que usan mentiras y engaños.
La frase “por la mañana” se refiere al amanecer, lo que nos lleva a concluir que David buscaba la Presencia y la Guía de Dios tan pronto como se despertaba. Consideraba esas primeras horas como pertenecientes a Dios; su comunión con Dios era la prioridad para afrontar el resto del día. La Iglesia de Los Amigos en Centroamérica se refiere a esta verdad bíblica como “devocionales personales”, que consisten en orar y leer la Biblia diariamente antes de comenzar las actividades del día.
Desarrollar una relación significativa con Jesús implica incluirlo intencionalmente en tu rutina diaria. Así como en el amor humano hay comunicación constante y un deseo de cercanía; en la vida espiritual, se puede cultivar una conexión consciente. Estar “enamorado” de Jesús no se basa solo en emociones, sino en una decisión diaria de estar en comunión. Significa comenzar el día con una actitud de dependencia y confianza, sabiendo que no caminas solo.
Antes de revisar tu teléfono, salir de casa o sumergirte en tus actividades, dedica unos minutos a Dios. Te ofrezco esta oración sencilla y sincera: “Señor, hoy me presento ante ti. Guíame en cada decisión, dirige mis pensamientos y acompáñame en todo lo que haga. Quiero vivir este día contigo”.
Comenzar el día de esta manera no elimina los desafíos, pero transforma tu perspectiva. Te permite afrontar el trabajo, los estudios, las relaciones y las responsabilidades con dirección, propósito y confianza.
Por la tarde (Hechos 3:1)
La oración es efectiva en cualquier momento porque lo que finalmente importa es la calidad, no la cantidad. No hay un momento específico que nos haga más santos o más aceptables ante Dios. Lo que importa es orar.
En Hechos 3:1, vemos a dos de los apóstoles orando por la tarde. En la cultura judía, el día (la parte diurna) comenzaba a las 6:00 a.m. y terminaba a las 6:00 p.m. Así, la tercera hora corresponde a las 9:00 a.m., la sexta hora al mediodía y la novena hora a las 3:00 p.m. Durante el período del Segundo Templo, estos eran tiempos reconocidos de oración entre los judíos devotos. Lo que destaca es que la oración se puede ofrecer por la tarde y en el templo, un lugar adecuado debido a su tranquilidad y privacidad.
Así como Pedro y Juan reservaron la hora novena para orar, nosotros también podemos hacer de la tarde un momento para encontrarnos con Dios. Cuando la fatiga y las preocupaciones del día se acumulan, la oración de la tarde nos permite desahogar nuestros corazones, recuperar la paz y reafirmar nuestra confianza en Dios.
Por la noche (Lucas 6:12)
En esta ocasión, Jesús ora a su Padre durante la noche. Sube a la montaña y —como registran los evangelios— “pasó la noche orando a Dios”. Esto revela no solo la disciplina espiritual de Jesús, sino también una profunda verdad sobre Dios: Él no duerme ni se cansa.
El Salmo 121:4 dice: “Ciertamente, el que guarda a Israel no dormirá ni se adormecerá”. ¡Qué promesa tan extraordinaria: saber que Dios no está limitado por el tiempo humano, que no se cansa ni se ausenta, sino que es el Dios eterno, siempre dispuesto a escuchar y responder cuando se le busca!
Por lo tanto, la Biblia nos enseña a comunicarnos con Dios (es decir, a orar) en cualquier momento: mañana, tarde o noche. Cuando la oración se convierte en una práctica diaria y constante, deja de ser una mera rutina y se convierte en una experiencia viva que enciende el corazón, fortalece la fe y conduce a una vida espiritual ferviente y comprometida. Lo importante es no dejar pasar un día sin orar.
Muchos de los primeros Los Amigos creían que la verdadera oración comienza con el Espíritu (Santo) y regresa al Espíritu (Santo); esta es una profunda reflexión de la teología cuáquera. Para ellos, la oración auténtica no proviene simplemente del esfuerzo humano, la emoción o la repetición de palabras, sino de la obra del Espíritu (Santo) de Dios dentro de la persona. Es el Espíritu (Santo) quien inspira el deseo de orar y mueve el corazón.
Más que un hábito o una disciplina, la oración consiste en disfrutar de la Presencia de Dios. “Me darás a conocer la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre” (Salmo 16:11).
Preguntas para el debate
- ¿Buscas a Dios con todo tu corazón? ¿Hay momentos en tu día en los que podrías hacer más espacio para dejarte mover por el Espíritu (Santo)?
- ¿Qué te distrae de disfrutar la presencia de Dios en tu vida? ¿Cómo puedes minimizar responsablemente esas distracciones, o integrarlas en un enfoque de oración para tu día?
- ¿Oras con confianza? Si no, ¿qué podría ayudar a fortalecer tu relación con Dios?


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