Desde sus inicios, el cristianismo ha sido diverso. Nació en el encuentro y la tensión de diferentes mundos y culturas: la griega, la romana y la judía. En medio de esta diversidad, el cristianismo siempre ha sido universal en dos sentidos: por un lado, como una fe abierta a cualquier cultura y, por otro, como una visión ética capaz de afirmar y redimir las tradiciones culturales. En otras palabras, la universalidad del evangelio no debe confundirse con la homogeneidad.
El evangelio se presenta como una forma de vida que restaura la dignidad de los pueblos y los reconcilia con Dios. La fe y el evangelio de Cristo no borran las culturas intrínsecamente, pero tampoco guardan silencio sobre sus aspectos: entablan un diálogo con ellas, disciernen lo que da vida y rechazan todo lo que produce exclusión, opresión y deshumanización. La relación entre el cristianismo y las culturas indígenas, por ejemplo, va más allá de las buenas intenciones; requiere humildad, un diálogo receptivo y un compromiso con la autocrítica constante para comprender y reconocer verdaderamente todas las culturas.
En la historia de América Latina, este encuentro ha estado marcado por una ambivalencia constante. Históricamente, la proclamación del evangelio avanzó junto a procesos de colonización y coacción cultural, dejando heridas que aún hoy afectan la vida y la espiritualidad de los pueblos latinoamericanos. Desde esta perspectiva, el encuentro entre el cristianismo y los pueblos indígenas no debería ser de sustitución o de oposición, sino más bien un diálogo abierto en el que el evangelio se presente como un camino hacia la reconciliación, reconociendo la dignidad de los diferentes pueblos.

En las Sagradas Escrituras, la humanidad es diversa. No se niega la diversidad cultural, étnica y lingüística entre los pueblos. Al contrario, la Escritura afirma la existencia de diversos pueblos, lenguas y naciones formados por sus trayectorias históricas, marcadas por el conflicto, la opresión, el sufrimiento y la resistencia. En el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo afirma que Dios «de un solo hombre hizo todas las naciones para que poblaran toda la tierra» (Hechos 17:26, Nueva Versión Internacional). Pablo hace esta declaración en Atenas, en el Areópago, en un contexto marcado por la diversidad cultural y religiosa, ante un público que creía en diferentes dioses y ante las estructuras de poder de Atenas. Pablo no propone la uniformidad cultural. Más bien, subvierte el orden establecido y afirma el valor de cada ser humano al declarar que todos compartimos el mismo origen en Dios y, con ello, la misma dignidad. La diversidad de los pueblos forma parte de la propia creación de Dios.
Un ejemplo de esto es Apocalipsis 7:9, que se hace eco de la promesa a Abraham en Génesis 12:3: una multitud compuesta por personas «de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas» está ante Dios. Esto significa que la unidad en el Reino de Dios no es monocultural; por el contrario, la identidad de cada pueblo se preserva y se reconcilia con Dios.
La propia figura de Abraham se sitúa antes de la formación del pueblo de Israel: es decir, antes de la circuncisión. En Romanos 4, cuando Pablo se refiere a la fe de Abraham, se centra en el relato del Génesis anterior a la circuncisión. Todos los pueblos serían bendecidos a través de la fe de un hombre con una tradición cultural particular de Ur de los Caldeos. Esto no sugiere ninguna postura antijudía, sino que reconoce la inclusión de todas las culturas dentro de la fe de Abraham. Del mismo modo, la fe en Cristo Jesús se presenta universalmente en Juan 1:12: «Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios» (NVI).
Al mismo tiempo, la Escritura desafía firmemente las jerarquías injustas que dañan a los más vulnerables (Isaías 1:17; 10:1–2). Por lo tanto, hablar de los pueblos indígenas no es solo una cuestión cultural o racial, sino también un imperativo bíblico de la espiritualidad cristiana. Entre otros pasajes bíblicos, surge un texto clave para comprender la pluralidad de los pueblos y la dignidad ontológica que da valor a cada individuo: Gálatas 3:28.
Pablo lo expresa así: en Cristo, las distinciones étnicas y sociales no definen el valor humano. «Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús» (NVI). Pablo no niega las diferencias culturales ni nuestras raíces. Más bien, desafía cualquier jerarquía construida sobre ellas. En el Hijo de Dios, la dignidad humana no depende de la cultura, la etnia, el idioma o el género, sino de la gracia de Dios extendida a toda la humanidad.
Para los cuáqueros, seguir a Cristo nunca ha significado simplemente profesar una fe, sino reflejar, en la vida diaria, el carácter del Hijo de Dios en las relaciones humanas, en el servicio y en la forma en que se reconoce la presencia divina en cada persona.
Dentro de este mismo marco, quiero hablar desde la teología e historia de mi denominación, la Sociedad Religiosa de los Amigos. Para los cuáqueros, Gálatas 3:28 no es una verdad abstracta, sino un testimonio vivido de lo que llamamos la Luz Interior, un principio que da forma a la vida comunitaria, a la misión y a las relaciones con los demás. Para los Amigos, vivir el evangelio no consiste simplemente en llevar la etiqueta de cristiano o enfatizar una religión en particular, sino en reflejar el carácter de Cristo a través de la coherencia entre lo que se profesa y lo que se practica en la vida diaria, tratando a nuestro prójimo con dignidad, sin distinción racial.
Desde el siglo XVII, este principio ha llevado a los cuáqueros a afirmar con valentía y fidelidad que la presencia de Dios no se limita a una sola etnia, cultura o estructura institucional. En palabras de George Fox: «hay algo de Dios en cada persona». En la espiritualidad cuáquera, la Luz Interior no es simplemente una idea sobre el papel, sino el corazón de una fe que nos llama a vivir la igualdad entre los pueblos y a reconocer su dignidad independientemente de sus orígenes. Lejos de ser un concepto abstracto, es un principio cuáquero radical: el testimonio de que Dios está cerca de todos y que Dios se comunica con la gente común sin importar su contexto o cultura. Esto nos lleva a acercarnos a los demás con respeto por su origen y cosmovisión, no como los únicos portadores de la verdad, sino con reverencia y humildad, reconociendo que Dios ya está presente en sus vidas.
Esta visión se encarna en la vida de John Woolman. Él se enfrentó a la incoherencia de quienes profesaban el evangelio mientras los pueblos nativos eran despojados tanto de su tierra como de su dignidad. La percepción espiritual de Fox cobra vida en la acción social de Woolman: a lo largo de sus viajes, Woolman visitó comunidades nativas americanas, vivió entre ellas y buscó relaciones basadas en el respeto y la igualdad. Enseñó que Dios no muestra parcialidad y que hay algo de Dios en cada persona.
A lo largo de este recorrido, queda claro que la dignidad compartida de todos los pueblos ante Dios, afirmada en las Escrituras, vivida en la experiencia de la iglesia primitiva y reafirmada en la tradición y espiritualidad cuáquera, no se quedó en una idea abstracta, sino que se convirtió en un principio práctico encarnado en la historia. La convicción de que la presencia de Dios no se limita a culturas, etnias o estructuras humanas dio forma a la vida de hombres y mujeres que entendieron el evangelio como un llamado continuo a la coherencia entre la fe y la práctica.
Esta espiritualidad, proclamada a través del testimonio de George Fox y visible en la vida de John Woolman, cruzó generaciones y fronteras y llegó a América Latina a principios del siglo XX a través de Amigos misioneros, entre ellos Willis R. Hoover, quien comprendió que proclamar a Cristo significaba acercarse a las personas con humildad y respeto. En Guatemala, este testimonio fue establecido por equipos misioneros cuáqueros que se asentaron especialmente en la región oriental del país, en zonas como Chiquimula, donde fundaron escuelas, iniciativas educativas y medios de comunicación comunitarios, sentando las bases de una presencia cuáquera comprometida con el servicio, la educación y la vida comunitaria en contextos de vulnerabilidad social.

Es esta continuidad histórica y espiritual la que nos lleva del testimonio de los primeros Amigos al testimonio de una comunidad concreta en el presente. Esta herencia se hace viva hoy en la iglesia de los Amigos ubicada en la 30 calle, Zona 3, en Ciudad de Guatemala. Situada en una región históricamente marcada por la marginación social y su proximidad al vertedero de la Zona 3, una de las áreas menos favorecidas de la ciudad, esta comunidad demuestra que estos principios siguen vivos. Con casi 68 años de presencia en el barrio y reuniendo a un promedio de 113 a 120 personas, sus ministerios, el servicio a los demás y la convivencia entre diversas realidades culturales hacen visible una espiritualidad verdaderamente encarnada. Allí, la diversidad se abraza como parte del propósito creativo de Dios; la dignidad se reconoce como un valor innegociable; y el evangelio se vive a diario como un camino de reconciliación entre Dios y la humanidad. En este testimonio silencioso y constante, queda claro que, para los cuáqueros, seguir a Cristo nunca ha significado simplemente profesar una fe, sino reflejar, en la vida diaria, el carácter del Hijo de Dios en las relaciones humanas, en el servicio y en la forma en que se reconoce la Presencia Divina en cada persona.
A la luz de Gálatas 3:28, esta experiencia se entiende no como el resultado de un esfuerzo humano hacia la igualdad, sino como la obra transformadora del Espíritu Santo de Dios, que lleva a la comunidad a reconocer que, en Cristo, no hay jerarquías que definan el valor de las personas. Para los cuáqueros, esta guía del Espíritu sostiene la vida comunitaria, dirige el servicio y da forma a las relaciones diarias. Así, más que preservar una tradición histórica, la espiritualidad cuáquera sigue siendo un testimonio vivo de hombres y mujeres que buscan, en la sencillez de la vida cotidiana, reflejar el carácter del Hijo de Dios, reconociendo su presencia en cada persona y viviendo el evangelio como un camino real de reconciliación, dignidad y paz entre los pueblos.


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