Diles a las aguas quién te envió.
Sumérgete en ellas. No hay nada especial
en Siloé, ni en tus gemidos.
Lo que importa son tus ojos, esperando
en sus cavernas selladas por el limo para ser
vistos y para ver. Son universos
veteados por el espectro de la luz y el color,
absorbiendo y reflejando el cielo. La palabra
de verdad entre las multitudes injuriantes
parloteando sobre lo que importa.
Tantas palabras pedregosas: secas, rotas, graves.
Gruñen sobre a quién culpar
por tu condición antes y después de Siloé
porque tus ojos abiertos los ciegan
al revelar la debilidad de su vista.
Lo que importa es que has sido enviado,
ahora ves, y lo que sabes
puede pulir rocas hasta convertirlas en piedras
para un hogar, para hondas,
para lechos de ríos, para una casa.
(Juan 9)


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