Mi viaje de fe latinoamericano
Mis abuelos paternos llegaron a Costa Rica desde Fairhope, Alabama, en la década de 1950. Formaban parte del grupo de familias cuáqueras cuyos valores pacifistas las llevaron a desafiar el reclutamiento militar estadounidense y abandonar los Estados Unidos para establecerse en Costa Rica, un país que había abolido su ejército en 1948. Buscando vivir en paz y comunidad, fundaron Monteverde e iniciaron una junta no programada y una escuela. Es un hermoso refugio que sigue prosperando hoy en día.
Aunque mi padre creció en la tradición cuáquera, más tarde eligió un camino evangélico, y fue allí donde conoció a mi madre. Se casaron y, tras mi nacimiento, me criaron en esa fe. No obstante, como familia, también participábamos en algunas actividades de la comunidad cuáquera organizadas por la Junta de Monteverde, como los almuerzos compartidos y el programa de Navidad.
Crecí entre dos mundos espirituales, y también entre dos formas diferentes de entender el papel de la mujer, el poder y la relación con lo Divino. En el contexto evangélico, mi experiencia estuvo marcada por una visión del mundo patriarcal. No conocí a ninguna mujer pastora, al menos no en la iglesia a la que asistíamos. Se hablaba con frecuencia del papel de la mujer como ama de casa, madre y compañera fiel de su marido, el jefe del hogar. Términos como “guerra espiritual” eran comunes, y se nos enseñaba el concepto del temor de Dios, el miedo a pecar, el miedo a los de fuera y el miedo al infierno. Sentía que necesitaba permanecer vigilante en todo momento.
Cuando entré en séptimo grado en la escuela de los Amigos en Monteverde, que está bajo el cuidado de la Junta de Monteverde, cargaba con profundas inseguridades y una actitud agresiva que ocultaba mi necesidad de protección. Sin embargo, fue allí donde comenzó una profunda transformación, una que no fue ni inmediata ni lineal, sino constante y radical.
Una de las primeras lecciones que me afectó profundamente fue sobre la resolución no violenta de conflictos. Me pareció revolucionario poder entablar un diálogo a pesar de las diferencias sin levantar la voz, exagerar o imponerme. Conecté con la idea de que cada voz importa, incluida la mía; de que puedo poner límites sin gritar; y de que puedo hablar desde mi centro y ser escuchada. Aprendí que la paz no es simplemente la ausencia de guerra, sino una práctica diaria de escucha activa y entendimiento compartido.
Más tarde, descubrí otra idea que cambió mi vida: no necesito libros ni jerarquías para conectar con lo Sagrado. Hay una Luz Interior y una sabiduría viva dentro de cada persona, accesible a través del silencio y la quietud. Desde esa Luz, todo se vuelve posible. Ningún demonio del pasado puede mantenerme cautiva si poseo el poder de aprender y transformarme. Puedo observarlo todo, sentirlo todo, explorarlo todo y luego elegir lo que resuena con mi verdad. Y aprendí algo aún más radical: el silencio.

Quienes me conocen saben que siempre he sido inquieta. Si mi cuerpo no se mueve, mi mente corre intensamente. Sin embargo, tener la oportunidad de practicar una hora de silencio cada semana durante toda mi adolescencia ha sido uno de los mayores regalos que he recibido. Aprendí que no importa dónde esté, con quién esté o qué esté viviendo: siempre tengo acceso a mi propio santuario interior. Todo lo que necesito hacer es cerrar los ojos, guardar silencio y escucharme. El silencio me ha devuelto a mí misma una y otra vez. ¿No suena eso como una combinación verdaderamente liberadora para la vida?
Así es como una niña criada entre expectativas, miedos y jerarquías descubrió que su voz tenía valor. Que podía pensar, sentir y elegir desde el amor en lugar de desde el miedo. Que podía ser una mujer libre dentro de un contexto todavía influenciado por el machismo.
Con el tiempo, a menudo me he preguntado qué significa para mí ser cuáquera, especialmente en América Latina, donde la mayoría de los Amigos —fuera de Costa Rica— practican el cuaquerismo en juntas evangélicas y programadas. No me veo como la persona más sencilla o la más “adecuada” en el sentido tradicional. Me encantan los anillos y los pendientes; disfruto de una copa de vino mientras veo el atardecer; cuento chistes provocadores y utilizo el lenguaje de forma juguetona y con ingenio. Si fuera caminando por cualquier ciudad, nada en mi apariencia me identificaría como cuáquera.
Y, sin embargo, en lo más profundo de mi ser, he elegido vivir fielmente de acuerdo con mi Luz Interior. Muchas veces fallo y dudo, pero cada día elijo escucharme con más atención, respetarme con más amor y expresarme con más claridad.
Elijo vivir el testimonio de la paz en todas sus formas y colores.
Elijo actuar con dulzura hacia todo lo que me rodea.
Elijo traer armonía a mis pensamientos, emociones y acciones.
Elijo compartir, regenerar y construir comunidad.
Honro que soy una mujer latinoamericana libre y diversa, que posee el mismo valor sagrado que todas las personas y seres vivos.
Quizás todo esto suene como el camino de cualquier persona, no necesariamente cuáquera, que ha elegido vivir de forma regenerativa. Sin embargo, hay algo excepcionalmente poderoso en la combinación que experimenté entre los cuáqueros de Monteverde: el silencio, la diversidad comunitaria y una profunda conexión con la naturaleza. Espero que esa esencia siga entrelazándose con mis raíces latinas y me siga acompañando en mi viaje.


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