Nos parecían un estorbo, esas nubes de polillas
que rodeaban la luz de nuestro porche y pasaban en enjambre a nuestro lado
hacia el interior de la casa cuando entrábamos por la noche.
Algo cambió en su mundo, algo pequeño, inadvertido
hasta que las polillas se fueron o murieron; ya no
golpetean en las mosquiteras para alcanzar las lámparas de dentro
cada noche de verano; cuerpos que manchaban dedos
y paredes con escamas polvorientas finas como la ceniza
que ya no se quedan pegadas en parabrisas y faros,
que ya no recogen los chotacabras
que anidaban en nuestro camino de grava. Me siento
en mi vieja mecedora del porche cerca de nuestro bosque
y echo de menos las voces de los chotacabras.
Se han ido, esas aves gentiles de la oscuridad,
su canto vespertino una melodía que un niño pequeño podría aprender.
Cantaban hasta bien entrada la noche, alto y claro,
tenores potentes resonando entre los robles y pinos
y la ventana de mi dormitorio y a través de los años.
No era una sinfonía sino una canción popular,
un estribillo de tres notas que un niño de cinco años
aprendió con facilidad y silba ahora al atardecer.


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