Tendrá unos 5. Retorciéndose, llorando
posoperatorio. Tres enfermeras, mamá, abuela
forcejean y lo sujetan para dominarlo, calmarlo,
quitarle la asquerosa aguja de la vía en la mano.
Mamá lo abraza fuerte,
una enfermera por fin lo hace,
presiona una gasa sobre su manita sangrante.
Pasan los minutos. Le duele la garganta.
No quiere zumo.
No quiere el juguete
que la abuela le agita delante de la cara.
Por fin calmado, pegado a su mamá,
levanta su cabecita,
mira a la Enfermera de la Aguja a los ojos
y dice: «No me gustas».
Cerca, una madre mayor sonríe,
observa con lágrimas
por su dolor de garganta, sus problemas,
y por la belleza
de las provisiones de la naturaleza para los pequeños,
sus llantos incitando llamadas a la acción.
Una hora después, aún pegado a Mamá,
por fin se va de ese sitio asqueroso.
Levanta su cabecita una última vez,
mira a la Enfermera de la Aguja
y agita su puñito.
Niño en recuperación
marzo 1, 2026
Foto de Getty Images


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