
Vivía en la muralla, entre el desierto
y la pedregosa Jericó. Como no quería esconderme
Fuera de mi ventana, arena desnuda se ondulaba
con el calor; en mi puerta, hombres jadeaban por entrar.
Por apretarse contra una mujer al límite.
Por quebrantarme. Hijas, mi pecho era de seda,
el resto de mí permanecía duro, cerrado contra el asedio,
fanfarroneando bravucones y sus golpes bajos.
Así es como alimentaba a mi familia, hermanos que escupían,
hermanas que se alejaban de mí a toda prisa en el mercado.
Y entonces los espías hebreos me miraron fijamente,
a los ojos, y la bondad me abrió en canal.
Quienquiera que fuese su dios, ese dios era el mío.
Hijas, no permitáis que nadie más defina a vuestro enemigo.
Los saqué a escondidas y dejé que la ciudad muriera. Salvadas
llegará un momento en que todas las murallas se derrumben.


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